lunes, noviembre 24, 2014

Persecución y Obedecer a Dios Sin Importar el Costo

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Hechos 4

Por John MacArthur

El final de la mayoría de los perseguidores es el silencio. Ya sea en su intento de silenciarlo a través de la intimidación, la violencia, o la muerte, el punto es acabar con su mensaje y su influencia.

En los últimos meses hemos visto ese escenario jugar repetidamente en el Medio Oriente. Entre los miles señalados, muchos creyentes en esa parte del mundo se han visto obligados a abandonar sus hogares. Otros noblemente han aceptado el martirio, negándose a rechazar a Cristo y jurar lealtad al Islam. Al final, sus perseguidores tratan de cortar la influencia de la Palabra de Dios y Su pueblo en esa región.

Los miembros del Sanedrín tenían la misma meta en el cuarto capítulo de los Hechos. Ante la audaz proclamación de Pedro del evangelio –incluyendo su acusación de ellos como asesinos de Cristo – tenían que decidir cómo detener el ministerio evangelístico de los apóstoles.

13 Al ver la confianza de Pedro y de Juan, y dándose cuenta de que eran hombres sin letras y sin preparación, se maravillaban, y reconocían que ellos habían estado con Jesús. 14 Y viendo junto a ellos de pie al hombre que había sido sanado, no tenían nada que decir en contra. 15 Pero habiéndoles ordenado salir fuera del concilio, deliberaban entre sí, 16 diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres? Porque el hecho de que un milagro notable ha sido realizado por medio de ellos es evidente a todos los que viven en Jerusalén, y no podemos negarlo. 17 Mas a fin de que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémoslos para que no hablen más a hombre alguno en este nombre. 18 Cuando los llamaron, les ordenaron no hablar ni enseñar en el nombre de Jesús. (Hechos 4:13-18)

Pedro y Juan sanaron a un hombre que había estado paralizado durante más de cuarenta años. No se podía negar su milagro, y no habían violado ninguna ley. Eso dejó el Sanedrín en una posición incómoda. Se nos ha dicho anteriormente en este capítulo que la iglesia de Jerusalén tenía 5.000 hombres en ella, pero el número total de miembros podría haber sido tan alto como 20.000. Con esa cantidad de seguidores, el Sanedrín no podía simplemente encarcelar o matar a los apóstoles; probablemente temían una revolución.

Pero tampoco los podían soltar para continuar su ministerio explosivo. Así que en vez de eso intentaron intimidar a Pedro y a Juan para que abandonara su predicación del evangelio completo.

No funcionó.

19 Mas respondiendo Pedro y Juan, les dijeron: Vosotros mismos juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; 20 porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. 21 Y ellos, después de amenazarlos otra vez, los dejaron ir (no hallando la manera de castigarlos) por causa del pueblo, porque todos glorificaban a Dios por lo que había acontecido; (Hechos 4:19-21)

La Escritura no nos dice la amenaza del Sanedrín a Pedro y a Juan, pero no importa. Ninguna amenaza podría influir en su compromiso de predicar el evangelio. Su respuesta es increíblemente astuta –los apóstoles desafiaron la orden apelando a la misma autoridad del Sanedrín que se suponía representan. Estos "hombres sin letras y del vulgo" supuestamente habían confundido y exasperado la élite religiosa de Israel.

Usted podría preguntarse si la respuesta de Pedro aquí contradice lo que más tarde escribiría en su primera epístola: “Someteos, por causa del Señor, a toda institución humana, ya sea al rey, como autoridad” (1 Pedro 2:13). En ese pasaje, el continua explicando cómo es finalmente el Señor que pone autoridad en su lugar, y que su presentación fiel adorna el evangelio y acumula la credibilidad de su testimonio.

Pero cuando esa autoridad le ordena dejar de hablar el nombre de Cristo, dejar de predicar el evangelio, o hacer algo inmoral, injusto o impío, no se puede obedecer. Como el propio Pedro explicaría más tarde al Sanedrín en otra ocasión, “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).

Vemos la misma convicción en la vida de Daniel. En circunstancias normales, Daniel no tuvo dificultad de presentar a la autoridad que el Señor había puesto sobre él. De hecho, sobresalió y prosperó bajo líderes paganos, poniendo sus habilidades dadas por Dios para un buen uso de su servicio. Pero cuando esa autoridad contradice la ley de Dios (Daniel 6), Daniel no tuvo más remedio que obedecer al Señor y enfrentar el debido castigo de la ley.

A medida que el mundo se vuelve más hostil a la verdad, puede que no sea mucho antes de que más cristianos se enfrenten a consecuencias similares para la predicación del evangelio. Necesitamos ser resueltos para no rendirnos a las presiones de la sociedad, o incluso a una feroz persecución y violencia. Tenemos que tener la misma actitud que el gran reformador escocés John Knox, de quien se dijo que temía tanto a Dios que nunca temió la cara de cualquier hombre.

Cuando llega la persecución, no podemos ceder a la presión o el miedo. Tenemos que obedecer fielmente a Dios, sin importar el costo.


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