viernes, octubre 03, 2014

Overcoming Sin and Temptation (Venciendo el Pecado y la Tentación – John Owen

clip_image002Overcoming Sin and Temptation (Venciendo el Pecado y la Tentación – John Owen

Esta edición es una joya de la literatura cristiana. Un texto invaluable y una lectura obligada de todo creyente. Contiene tres obras del gran escritor puritano inglés John Owen la Mortificación del Pecado, la Tentación y El Pecado que Mora. 400 páginas sobre este tema crucial y esencial para la vida cristiana con un tema que hace tanta falta instruir en esta época en las iglesias: el pecado. Owen nos instruye sobre la lucha contra el pecado que todo cristiano experimenta. Dando gran detalle, explicando y profundizando con mucha sabiduría el tema que difícilmente te deja con dudas. Y a la vez es práctico y la verdad nos hace poner los pies en la tierra respecto a quienes somos en nuestra naturaleza humana. Para poder preciar la obra redentora de Dios es preciso primero comenzar con un conocimiento a fondo del pecado que mora en nosotros y atesorar la gracia de Dios en nuestras vidas. Este es un gran trozo de carne suculenta que ha de devorarse en partes y detenidamente. Difícilmente se puede leer y no ser conmovido en sus entrañas. Es una lectura que incluso es beneficiosa si cada año la leyéramos. Leer John Owen no es fácil, los editores presentan la obra de este prolífico teólogo en un texto modernizado en partes, manteniendo el contenido original (las versiones en español no contienen todo el texto). Dando definiciones de ciertas palabras de difícil comprensión. Además contiene bosquejos de los puntos enseñados por Owen que puede ser de utilidad al dar una clase o un estudio sobre el tema. Una obra que todo creyente y pastor que desee profundizar el tema del pecado.


El siguiente es un extracto del libro Indwellng Sin

Texto Fundamental Sobe el Pecado que Mora en Nosotros: Romanos 7:21

Lo que pretendemos tratar aquí es el pecado que mora en nosotros, y los restos del mismo en las personas después de su conversión a Dios, con su poder, eficacia y efectos. Este también es el gran plan que el apóstol manifiesta y evidencia [1] en el capítulo 7 de la Epístola a los Romanos. De hecho, son muchos los aspectos en el ámbito principal del apóstol en ese capítulo, y en el cual una persona está, es decir, bajo la ley o bajo la gracia, cuya condición se expresa en el mismo. No voy a entrar en esa presente controversia, pero de por hecho que puede demostrarse y evidenciarse sin lugar a dudas –es decir, esa es la condición de una persona regenerada, con respecto al poder restante del pecado que mora en él, que es propuesta y ejemplificada allí, por y en la persona del apóstol mismo. En ese discurso suyo, por lo tanto, serán colocados los cimientos sobre los que habremos de ofrecer en este tema. No voy a continuar en una exposición de su revelación de esta verdad tal como se encuentra en su propio contexto,[2] sino solamente hacer uso de lo que se nos ha dado por él mientras la ocasión lo ofrezca en sí. Y aquí en primer lugar se produce lo que él afirma: “hallo la ley de que el mal está presente en mí” (v 21).

Hay cuatro cosas observables en estas palabras: (1) El apelativo [3] que le da al pecado que mora, mediante la cual manifiesta su poder y eficacia: es “la ley;” porque lo que él llama “la ley” en este versículo, él llama antes, “el pecado que mora en” él. (2) El camino por el cual llegó al descubrimiento de esta ley; no completamente y en su propia naturaleza, sino en sí mismo lo encontró: “hallo la ley” (3) la condición de su alma y del hombre interior con esta ley del pecado, y bajo su descubrimiento: de “hacer el bien.”(4) El estado y la actividad de esta ley, cuando el alma está en esa condición de hacer el bien: “está presente” con él. Para tales fines y propósitos lo veremos después.

El Pecado que Mora es Una Ley

Lo primero que observa es el apelativo[4] aquí utilizado por el apóstol; que llama al pecado que mora en nosotros “una ley.” Es una ley.

Una ley se toma ya sea en forma correcta para una instrucción o incorrectamente para un principio eficaz operativo, que parece tener la fuerza de una ley. En su primer sentido, es una regla moral que mueve y regula en diversas [5] maneras, la mente y la voluntad en cuanto a las cosas que se requiere o prohíbe. Esto es, evidentemente, la naturaleza general y la obra de una ley. Algunas cosas manda, algunas cosas prohíbe, con recompensas y castigos que mueven e incitan a los hombres a hacer lo uno y evitar el otro. Por lo tanto, en un sentido secundario, al principio interno que se mueve y se inclina constantemente a cualquier acción es llamado una ley. El principio que está en la naturaleza de todo, moviendo y llevando hacia su propio fin y conveniencia, se llama la ley de la naturaleza. A este respecto, cada principio interno que inclina e insta a operar o actuar adecuadamente para sí es una ley. Así que la obra poderosa y eficaz del Espíritu y la gracia de Cristo en los corazones de los creyentes se llama “la ley del Espíritu de vida” (Rom 8:2). Y por esta razón el apóstol llama aquí al pecado que mora una ley. Es un principio interno poderoso y eficaz, que inclina y presiona a las acciones dispuesta y acorde a su naturaleza. Esta, y no otra, es la intención del apóstol en esta expresión, porque aunque ese término, “una ley,” a veces puede pretender ser un estado y condición, y si aquí lo utiliza, el significado de las palabras debe ser: “Me parece que esta es mi condición, este es el estado de las cosas conmigo, que cuando quiero hacer el bien el mal está en mí,” lo cual no hace una alteración importante en la intención principal del mismo –sin embargo propiamente no puede denotar algo sino solo el tema principal del que se está tratando; pues aunque el término una ley puede ser utilizada de diversas maneras por el apóstol en este capítulo, sin embargo, cuando se refiere al pecado en ninguna parte lo aplica a la condición de la persona, sino sólo para expresar la naturaleza o el poder del pecado en sí. Así, “veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (7:23). Lo que él llama aquí la “ley de su mente,” desde el sujeto principal y asiento de la misma, en sí mismo no es otro que la “ley del Espíritu de vida que es en Cristo Jesús” (8: 2); o el poder eficaz del Espíritu de la gracia, como se mencionó. Pero “la ley,” tal como se aplica al pecado, tiene un doble sentido: porque como, en primer lugar, “veo otra ley en mis miembros,” esto denota la existencia y la naturaleza del pecado; de manera que, en el segundo, “me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros,” lo cual significa su poder y eficacia. Y ambos se componen en el mismo nombre, utilizados por separado (7:21). Ahora, lo que se observa a partir de este nombre o término de una “ley” atribuida al pecado es que no hay una eficacia superior y poder en los restos del pecado que mora en los creyentes, con una obra constante hacia el mal.

Así, en los creyentes; es una ley incluso en ellos, aunque no de ellos. Aunque puede romper su dominio, su fuerza se ha debilitado y se ha deteriorado, su raíz ha sido mortificada, sin embargo, es una ley todavía de gran fuerza y eficacia. Allí, donde menos lo sentimos, es más poderosa. Los hombres carnales, en referencia a los deberes espirituales y morales, son nada más que esta ley; no hacen nada, sino por ella y mediante ella. Es en ellos un principio gobernante y dominante de todas las acciones morales, con referencia a un fin sobrenatural y eterno. No voy a considerar en quién de ellos tiene más poder, sino en aquellos en quienes su poder es principalmente descubierto y comprendido, es decir, en los creyentes; en los otros sólo a fin de una convicción adicional y manifestación del mismo.

La Ley del Pecado que Mora se Encuentra en los Creyentes

En segundo lugar, el apóstol propone el camino por el que él descubrió esta ley en sí mismo: eurisk ø ara ton nomon, “hallo esta ley.” La encontró. Se le había dicho que había una ley de este tipo; que había sido predicada a él. Esto lo convenció de que había una ley del pecado. Pero una cosa es que un hombre conozca en general que existe una ley del pecado; otra cosa es que un hombre tenga una experiencia del poder de esta ley del pecado en sí mismo. Se ha predicado a todos; todos los hombres que poseen 6 las Escrituras lo reconocen como está declarado en ellas. Pero ellos no son sino unos pocos que lo conocen por sí mismos; debemos tener más quejas de ello de las que tenemos, y más luchas contra el mismo, y menos frutos del mismo en el mundo. Pero esto es lo que el apóstol afirma —no que la doctrina del mismo había sido predicada a él, sino que él la encontró por experiencia propia. “Hallo esta ley” — “Tengo experiencia de su poder y eficacia.” Que un hombre encuentre su enfermedad, y peligro respecto a sus efectos, es otra cosa que escuchar un discurso acerca de una enfermedad a partir de sus causas. Y esta experiencia es el gran conservador de toda verdad divina en el alma. Ciertamente esto es conocer algo, conocerlo por nosotros mismos, en tanto lo estemos aprendiendo a través de la palabra, así la encontraremos en nosotros mismos. De ahí que observamos, en segundo lugar, que los creyentes tenemos la experiencia del poder y la eficacia del pecado que mora en nosotros. Lo encuentran en sí mismos; les resulta como una ley. Tiene una eficacia evidente por sí misma en los que están vivos para discernirlo. Los que no encuentran su poder están bajo su dominio. Todo aquel que lucha contra ella podrá conocer y descubrir que está presente con ellos, que es muy poderosa en ellos. Él encuentra que la corriente contra la que nada es fuerte, aunque el que ande junto con él sea insensible [7] de la misma.

La Inclinación Habitual de la Voluntad de los Creyentes es Hacia el Bien

En tercer lugar, el marco general de los creyentes, a pesar de la morada interna de esta ley del pecado, está también aquí expresado. Ellos van “hacer el bien.” Esta ley está “presente:” thelonti emoi poiein a kalon. La inclinación habitual de su voluntad es para bien. La ley en ellos no es una ley hacia ellos como lo es para los no creyentes. Ellos no son del todo repulsivos 8 a su poder, ni moralmente a sus mandamientos. La gracia tiene la soberanía sobre sus almas: esto les da una voluntad hacia el bien. Ellos “hacen el bien,” es decir, siempre y constantemente. 1 Juan 3: 9, hamartian poiein, 9 “cometen pecado,” es hacer un hábito[10] del pecado, para hacerlo una obligación del hombre para pecar. Por eso se dice [que] un creyente “no comete pecado;” y de esta manera poiein a kalón, “hacer lo que es bueno.” Querer hacerlo es tener la inclinación habitual y propensión firme en lo que es bueno, es decir, moral y espiritualmente bueno, que es el tema apropiado tratado: de dónde proviene nuestra tercera observación: existe, y es mediante la gracia, una voluntad constante y normalmente imperante de hacer el bien mantenida en los creyentes, a pesar del poder y la eficacia del pecado que mora por el contrario.

Este, en su peor condición, los distingue de los rebeldes que están en su mejor momento. La voluntad de los incrédulos está bajo el poder de la ley del pecado. La oposición que hacen al pecado, ya sea en la raíz o en las ramas de la misma, es a causa de su luz y sus conciencias; la voluntad de pecar en ellos nunca se elimina. Eliminando todas las demás consideraciones y obstáculos, de las cuales nosotros trataremos después, y ellos pecan voluntariamente siempre. Sus esfuerzos débiles en responder a sus convicciones están muy lejos de una voluntad de hacer lo que es bueno. Ellos afirmarían, en efecto, que dejarían [11] sus pecados si pudieran, y ellos entusiasmadamente [12] harían lo que mejor pueden. Pero es en la obra de su luz y de sus convicciones, no en una inclinación espiritual de sus voluntades, la cual pretenden por esa expresión, porque donde hay una voluntad de hacer el bien, hay una elección de lo que es bueno para el bien de su propia excelencia -porque es deseable y adecuado para el alma, y por lo tanto lo prefiere antes que lo que es contrario. Ahora bien, esto no está en ningún incrédulo. Ellos no lo hacen y no pueden, así que escogen aquello que es espiritualmente bueno, que ni es tan excelente o adecuado a cualquier principio que hay en ellos; solamente ellos tienen algunos deseos por lograr ese fin al cual aquello que es bueno les dirige, y evitan aquel mal al cual tienden a abandonar. Y estos también son, en su mayor parte, tan débiles y carentes de poder [13] en muchos de ellos, puesto que ellos no ponen ningún esfuerzo considerable. Presenciar esa decadencia, pereza, mundanidad, y seguridad en la que la generalidad de los hombres está incluso es asfixiante. Pero en los creyentes hay una voluntad de hacer el bien, una disposición habitual y una inclinación en sus voluntades hacia a lo que es espiritualmente bueno; y donde existe esto, se acompaña con efectos y respuestas. La voluntad es el principio de nuestras acciones morales; y por lo tanto la disposición actual del mismo será el curso general adecuado de nuestras acciones y procederes. Buenas cosas procederán de los buenos tesoros del corazón [Lucas 6:45]. No puede ser evidenciada esta disposición en nada más que por sus frutos. Una voluntad de hacer el bien, sin hacer el bien, es fingir.

El Mal Está Presente En los Creyentes

En cuarto lugar, hay algo más que permanece en estas palabras del apóstol, que surge en relación a lo que la presencia del pecado tiene en el tiempo y el momento del deber: “Queriendo yo hacer el bien,” dice él, “el mal está presente en mí.”

Hay dos cosas a tener en cuenta en la voluntad de hacer el bien que está en los creyentes: (1) Esta su residencia habitual en ellos. Tienen siempre una inclinación habitual de la voluntad a lo que es bueno. Y esta propensión habitual para el bien siempre está presente con ellos; como el apóstol lo expresa ( Rom 7:18). (2) Hay ocasiones especiales y momentos para el ejercicio de ese principio. Hay un “Cuando hago el bien:” — un momento en el que este o aquel bien, este o aquel deber, se va a realizar y llevarse a cabo de manera adecuada a la propensión habitual y la inclinación de la voluntad.

A éstos dos existen dos cosas opuestas en el pecado que mora. Puesto que es una ley, se opone hacia el principio de gracia que reside en la voluntad y se inclina hacia aquello que es espiritualmente bueno, —es decir, un principio contrario, inclinándose al mal, con una repulsión [14] de lo que es bueno. En relación al segundo, o la presente voluntad de este o aquel bien, en particular, respecto a este “Cuando hago el bien,” se opone la presencia de esta ley: “El mal está presente en mí” — emoi a kakon parakeitai — el mal está a la mano, y listo para oponerse a la realización concreta del bien destinado. De donde, en cuarto lugar, el pecado que mora en nosotros es efectivamente operativo en rebelarse e inclinarse al mal, cuando la voluntad de hacer el bien esta en una determinada manera activa e inclinada a la obediencia.

Y esta es la descripción de lo que es un creyente y un pecador, ya que todo el que es lo primero es lo segundo también. Estos son los principios contrarios y las operaciones contrarias que se encuentran en él. Los principios son una voluntad de hacer el bien mediante la gracia, por un lado y una ley del pecado por el otro. Sus actos y operaciones adversos se insinúan en estas expresiones: “queriendo yo hacer el bien…el mal está presente en mí.” Y estos dos son más plenamente expresados ​​por el apóstol: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis.” ( Gal. 5:17 ).

Y aquí se encuentran los manantiales de todo el curso de nuestra obediencia. El conocimiento de estos principios y sus actos es la parte principal de nuestra sabiduría. Junto a la libre gracia de Dios o la justificación por la sangre de Cristo, estas son las únicas cosas en las que la gloria de Dios y nuestras almas están interesados. Estas son las fuentes de nuestra santidad y nuestros pecados, de nuestras alegrías y angustias, de nuestros refrigerios y tristezas. Es, entonces, que todas nuestras preocupaciones se conocen a fondo con estas cosas y que tienen la intención de caminar con Dios y glorificarlo en este mundo.

Y por lo tanto, de allí podemos ver que sabiduría se requiere en la orientación y dirección de nuestros corazones y caminos ante Dios. Cuando los sujetos de un gobernante están en enemistados y en oposición, uno contra otro, a menos que una gran sabiduría pueda utilizarse en el gobierno de la totalidad, todas las cosas se arruinaran rápidamente en esa condición. Hay estos principios contrarios en los corazones de los creyentes. Y si ellos no actúan para ser espiritualmente sabios, ¿cómo serán capaces de dirigir su curso correctamente? Muchos hombres viven en la oscuridad para sí, todo el tiempo; conocen cualquier otra cosa y no se conocen a sí mismos. Conocen sus propiedades externas, lo ricos que son, en lo que respecta a la salud y la enfermedad son cuidadosos para examinar; pero en cuanto a su hombre interior, y sus principios respecto a Dios y la eternidad, saben poco o nada de sí mismos. De hecho, pocos s esfuerzan en crecer en esta materia, algunos estudian para sí mismos como deberían, están familiarizados con los males de sus propios corazones como debieran; en el que aún todo el curso de su obediencia, y en consecuencia de su condición eterna, sí depende. Esto, por lo tanto, es nuestra sabiduría; y es una sabiduría necesaria, si tenemos algún plan para agradar a Dios, o evitar lo que es una provocación a los ojos de su gloria.

Veremos, también, en nuestra investigación sobre esto, que se requiere diligencia y vigilancia en la vida cristiana.[15] Hay un enemigo constante en su contra en el corazón de todo el mundo.; y mostraremos después lo que un enemigo es, porque esto es nuestro plan: descubrir al máximo. Mientras tanto, bien podemos lamentar la pereza y la negligencia lamentable que se encuentra en la mayor parte, incluso en los profesantes cristianos.[16] Viven y caminan como si tuviesen la intención de ir al cielo parpadean y duermen, como si no tuvieran ningún enemigo a quien enfrentar. Su error y necedad, por lo tanto, será expuestos totalmente en nuestro estudio.

En lo que voy a enfocarme principalmente es en lo primero que se estableció, en referencia a nuestro plan presente, dese el mismo lugar del apóstol, que hay una eficacia y poder superior en los restos del pecado que mora en los creyentes, con una inclinación constante y operando hacia el mal.

Por lo tanto, ¡Despierte usted, en cuyo corazón hay algo de los caminos de Dios! Su enemigo no está sólo sobre usted, como en el antiguo Sansón, sino está en usted también. Él está activo, por todas los medios de la fuerza y destreza, como veremos. ¿Deshonraría usted a Dios y su evangelio?; ¿avergonzaría usted a los santos y los caminos de Dios; ¿heriría usted sus conciencias y pondría en peligro sus almas?; ¿entristecería usted al Espíritu bueno y santo de Dios, el autor de todas los consuelos?; ¿guardaría usted su vestido sin mancha, y escaparía de las tentaciones lamentables y las contaminaciones de los días en que vivimos?; ¿Se protegería de la gran cantidad de apóstatas en estos últimos días? ¡Despierte a una reflexión de este enemigo maldito, que es la fuente de todos estos y otros innumerables males, como también de la ruina de todas las almas que perecen en este mundo!