sábado, septiembre 27, 2014

Libertad, Conocimiento y Amor

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1 Corintios 8

Por John MacArthur

La Palabra de Dios no nos da instrucciones detalladas para cada aspecto de la vida cristiana. Los creyentes se enfrentan con frecuencia a situaciones, preguntas y decisiones de las que la Escritura no dice nada al respecto. El pueblo de Dios se ha librado de la ley del Antiguo Testamento, pero esa libertad nos deja con muchas decisiones importantes que tomar en las áreas grises de la vida.

Y esa realidad no es exclusiva de la iglesia moderna. Los creyentes en Corinto enfrentaron varias cuestiones que no se trataron en el Antiguo Testamento o en cualquiera de los escritos apostólicos que tenían acceso. Ellos escribieron al apóstol Pablo para orientación (1 Corintios 7: 1), y sus respuestas nos dan principios útiles, bíblicos que deberían guiar nuestras decisiones y cómo usamos nuestra libertad en Cristo.

En particular, Pablo exhorta a sus lectores a ser reflexivo sobre el ejercicio de su libertad, teniendo en cuenta tanto el ejemplo que dan a los demás y el efecto de sus decisiones sobre sus propias vidas. Pronto nos ocuparemos de sus instrucciones a la iglesia de Corinto en los próximos días, a partir de su amonestación a que se consideren entre sí en las decisiones que toman.

Causar que un hermano tropiece

A lo largo de su ministerio, Pablo exhortó repetidamente a sus lectores a considerar su influencia en los demás y evitar conducir a otros creyentes a pecar. En Romanos 14:13, él escribió, “Por consiguiente, ya no nos juzguemos los unos a los otros, sino más bien decidid esto: no poner obstáculo o piedra de tropiezo al hermano.”

Sus palabras hacen eco a la terrible advertencia de Cristo a la persona que lleva a otros a pecar: “Mejor le sería si se le colgara una piedra de molino al cuello y fuera arrojado al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeños.” (Lucas 17: 2).

Este principio orienta la respuesta de Pablo a la pregunta de los corintios. Mientras que algunos creyentes pueden sentirse libres de ejercer su libertad, el quería asegurarse de que el ejercer su libertad no era la prioridad. En cambio, la prioridad debe ser el crecimiento espiritual de los hombres y las mujeres que los rodean. Y él ilustra ese mismo punto en 1 Corintios 8:13, que dice “Por consiguiente, si la comida hace que mi hermano tropiece, no comeré carne jamás, para no hacer tropezar a mi hermano.”

La Idolatría, la Adoración y la Comida

Al igual que cualquier otra cultura politeísta, la sociedad romana era muy supersticioso. No sólo los romanos tenían un dios o varios dioses para cada aspecto de la vida diaria, también creían en un arsenal de malos espíritus. Su sistema de sacrificios fue construido alrededor de la adquisición y mantenimiento del favor de los dioses y de la protección contra los malos espíritus.

Los sacrificios de los alimentos eran más comunes, y en particular la carne. Los sacrificios fueron divididos en tercios –un tercio sería quemados en el altar, mientras los otros dos se dividían entre los sacerdotes y los guardias del templo. Y debido a la adoración de ídolos que dominaba en la cultura, a menudo había una gran cantidad de carne sobrante, que luego se vendía en el mercado.

Hubiera sido prácticamente imposible para los Corintios evitar la carne del sacrificio. Debido a que había sido sacrificada – y por lo tanto supuestamente purgada de la influencia de los malos espíritus – era muy apreciada, y por lo general se servía en los banquetes, bodas y otros eventos sociales. Los cristianos quizá podrían evitar algunos de esos eventos, pero si tenían relaciones personales con alguien fuera de la iglesia, era muy probable que afrontarían el tema de comer carne sacrificada tarde o temprano.

Parece que hubo una división en la iglesia sobre cómo deberían responder cuando se confrontara con la carne que había sido ofrecida a los ídolos. Muchos en la iglesia se habían salvado de la cultura romana pagana, y cualquier actividad relacionada con la idolatría –incluso el simple acto de comer – podría tener mucho conflicto en sus conciencias sensibles y alterar su crecimiento espiritual.

Sin embargo, los creyentes más maduros entienden que la adoración de ídolos era vacía y vana, y que la carne era carne. Comieron con la conciencia tranquila, y probablemente fueron los que escribieron para pedir a Pablo aclaración e instrucción sobre el debate.

Conocimiento y Amor

La respuesta de Pablo indica que los corintios incluyeron en su carta una defensa para comer carne sacrificada a los ídolos. En 1 Corintios 8: 1, reconoce lo que pudo haber sido su primer punto de defensa con las palabras “sabemos que todos tenemos conocimiento.” Tomado por sí solo, esa es una declaración egoísta, aunque sea parcialmente cierto. Refleja un sentimiento de superioridad de conocer y comprender la Palabra de Dios –un que Pablo debilita de inmediato en la segunda mitad del versículo: “El conocimiento envanece, pero el amor edifica.”

Los corintios maduros sabían que los dioses paganos no eran reales, y la carne que se les ofrecía no representaba una amenaza espiritual. Pero ese conocimiento volvió su atención hacia el interior. La verdad les importaba en tanto afirmara sus deseos personales. Ellos eran insensibles a los demás, especialmente los de la iglesia de Corinto que no “tienen este conocimiento” (1 Corintios 8:7).

Como Pablo había dicho previamente: “Si alguno cree que sabe algo, no ha aprendido todavía como lo debe saber” (1 Corintios 8:2). Su arrogancia demostró que no sabían tanto como ellos pensaban. Puede ser que hayan tenido el conocimiento doctrinal correcto, pero en la práctica en sus relaciones con otros cristianos, se comportaron en ignorancia. Al no actuar en amor, su conocimiento era nulo.

La respuesta de Pablo a los creyentes maduros es poner la atención donde debería haber estado todo el tiempo: en el otro grupo. En lugar de saborear su libertad, deberían haber estado preocupados por el impacto que tendría sobre los demás. Para decirlo de otra manera, sólo porque podían comer con la conciencia tranquila no significa que debían hacerlo. Tenían que tener en cuenta a sus hermanos y hermanas en la iglesia, y cómo sus propias acciones podrían ofender, confundir, o debilitar la fe de otra persona. Al pasar por alto esto, comer la carne era un ejercicio de su arrogancia, no de su libertad.

Debemos tener esa actitud de sacrificio a la hora de ejercer nuestra libertad en Cristo. El hecho de que sabemos que tenemos la libertad no significa que tenemos que explorarla al máximo. En lugar de ello, debemos estar dispuestos a contenernos en amor para el beneficio de los demás a los que podríamos ofender por nuestras acciones.


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