domingo, diciembre 18, 2016

“Hueso de mis huesos”: Una Teología del Matrimonio en Una Sola Frase

ESJ2016 1218-002

“Hueso de mis huesos”: Una Teología del Matrimonio en Una Sola Frase

Por Mark Snoeberger

Las primeras palabras registradas de Adán han sido a veces materia de bromas -las palabras de un hombre amado que ha visto por primera vez a una mujer hermosa: “¡Mira lo salió de mi hueso!,” Parece decir: “¡wow, increíble!” Pero en una mirada más cercana, las palabras de Adán comunican algo mucho más significativo que lo que primero encuentra el ojo.

Cuando Adán describe a Eva como "hueso de mis huesos y carne de mi carne", Adán no hace una simple declaración de hechos, sino que llama la atención sobre la importancia teológica de los medios que Dios usó para crearla: ella era de Adán y como tal, ella salta inmediatamente al lugar de mayor responsabilidad en su vasto reino. Victor Hamilton, entre otros comentaristas, llega incluso a sugerir que este par de frases expresan una declaración de compromiso del pacto que lo convierten en un voto formal. Él observa en 2 Samuel 5:1, después de Saúl muere y David reclama el trono, que el nuevo rey reúne a las tribus y exige su lealtad. Se reúnen y hacen una declaración curiosa: "Somos tu hueso y carne", una declaración que David por lo visto acepta como un juramento de la lealtad formal. Si este evento posterior puede estar relacionado con Génesis 2:23, entonces las primeras palabras de la boca de Adán son nada menos que un voto matrimonial, efectivamente, “Esta mujer es parte de mí, y por este medio tomo responsabilidad incondicional por ella.” Estas palabras son, al menos en términos de vida secular, las palabras más significativas que cualquier hombre puede pronunciar y al que cualquier mujer puede responder, lejos de ser una burla amorosa de un tipo romántico. No hay palabras más importantes que éstas.

Adán continúa en el versículo 24 estableciendo el matrimonio como la columna vertebral de la sociedad humana. Por esta razón (es decir, a causa del voto en el v. 23), un hombre debe separarse de la unidad familiar en la que nació, y sobre la acción recíproca de su esposa, crear una nueva unidad que se describe expresamente en términos permanentes: Se adhieren tan inextricablemente el uno al otro que efectivamente se convierten en uno -no una mezcla de sustancias distinguibles y finalmente separables, sino una fusión tan completa que la sustancia original se pierde y se crea un nuevo compuesto. El hueso y carne de ella se vuelve de el; el hueso y carne de él, se vuelven de ella, tanto que, a riesgo de ser un poco grosero, la desnudez se vuelve rutinaria (versículo 25). Dentro del matrimonio no hay nada de vulnerabilidad, debilidad o vergüenza que nos haga por decir desvestirnos y ducharnos solos, porque el hombre y la mujer son ahora efectivamente uno.

Es una imagen extraordinaria que Adán pinta e increíblemente rica. De hecho, sólo podemos decir con toda la seriedad que podemos reunir: “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.”