Deje Salir el León (2 Tim 4:1-5)
Por Alistair Begg
Mi título para este capítulo está tomado de una famosa cita de un sermón de Charles H. Spurgeon:
Muchos hombres instruidos están defendiendo el Evangelio, y sin duda esto es adecuado y justo. Sin embargo observo que, cuando hay más libros de ese tipo, es porque el propio Evangelio no está siendo predicado. Supongamos que a un número de personas se les metiera en la cabeza defender a un león, ¡a un adulto rey de los animales! Allí está en la jaula, y aquí llegan todos los soldados del ejército a luchar por él. Bien, yo les sugeriría, si no tienen objeción, y no sienten que es humillante para ellos, que, gentilmente reflexionaran y simplemente abrieran la puerta, y ¡dejaran salir al león! Creo que esa sería la mejor manera de defenderlo, porque él mismo se defendería. La mejor "apología" del Evangelio es dejar que salga. No se preocupen por defender el Deuteronomio o todo el Pentateuco. Prediquen a Jesucristo y a Él crucificado. Dejen salir al León, y miren quién se atreve a acercársele. El León de la tribu de Judá pronto ahuyentará a sus adversarios.[1]
Esto, en esencia, es lo que Pablo le está pidiendo a Timoteo que haga en los primeros versículos de 2 Timoteo 4. El apóstol aquí identifica la necesidad que se le da a Timoteo. El momento de la partida de Pablo ha llegado. Él luchó en la batalla, terminó la carrera y mantuvo la fe, y ahora es absolutamente crucial que Timoteo, su joven lugarteniente, haga lo mismo. Pablo le está instando a que tenga la prioridad absoluta del ministerio de la Palabra de Dios, ordenándole que predique la Palabra, es decir, que deje salir al león. Lo que Timoteo cree acerca de las Escrituras se hará evidente en su predicación, y lo que es verdad de Timoteo será verdad para todos los Timoteos contemporáneos.